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El pirata era Blasco Ibáñez

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Sant Josep de sa Talaia - Illes Balears- Ibiza

La más alta de las torres de defensa de Ibiza es también la más visitada por la espectacular vista de los islotes de es Vedrà y es Vedranell

Vicente Valero | Ibiza

La más alta de las torres de defensa de Ibiza es también la más célebre, la más visitada por los turistas y la que ofrece una panorámica más espectacular. A doscientos metros sobre el nivel del mar, la torre de es Savinar o de Cap d'es Jueu ha acabado convirtiéndose en uno de los iconos internacionales de la isla, imprescindible en cualquier reportaje fotográfico o documental. Desde esta torre, los islotes de es Vedrà y es Vedranell muestran sus perfiles pétreos más característicos y, en los días claros, asoma también el perfil más lejano del Montgó, en Denia.

Los mejores paisajes de la isla destacan sobre todo por su armonioso dibujo, pero este de Cap d'es Jueu ofrece una visión muy diferente, más salvaje y abrupta. Aquí la belleza no surge de la armonía, sino del capricho rocoso de la naturaleza, de la pintura de la erosión y del azar. Pero no era belleza –aunque sí buenas vistas– lo que buscaban los constructores de esta torre en el siglo XVIII, con su ingeniero al mando, un tal Ballester, sino un lugar estratégico de vigilancia, un espacio útil para los intereses militares.

La espectacularidad del paisaje invita a soñar y a dar rienda suelta a la imaginación. De hecho, la literatura ha oficiado en este lugar su ceremonia de palabras fundadoras, hasta el punto de que la torre es conocida hoy como la 'torre del pirata', denominación que, como es sabido, procede de una novela, la que Vicente Blasco Ibáñez publicara en 1909, titulada 'Los muertos mandan': un melodrama rural ambientado en esta zona de la isla. Como los constructores de la torre, el novelista valenciano tampoco buscaba belleza en este lugar, ni siquiera buenas vistas: vino a buscar pasiones desatadas y costumbres bárbaras. Pero también él dejó su huella.

Curiosamente, muy cerca de aquí, hay otro lugar rebautizado también por sus visitantes. Se trata del no menos célebre 'Atlantis', centro de rara peregrinación turística y pseudohippy. ('La torre del pirata', 'Atlantis'... Es como si Walt Disney hubiera recorrido esta zona con su alegre y aventurero espíritu de dibujos animados).

Visitantes habituales
A la torre se llega por un sendero ascendente y boscoso. Durante la primavera y principios del verano, los atardeceres otorgan al paisaje aún más fuerza y espectacularidad. En busca de estos atardeceres melosos, de postal, llegan hasta la torre toda clase de visitantes: parejas de enamorados, grupos de turistas animosos, solitarios andarines... Todos con su cámara fotográfica.

No faltan los amantes de lo esotérico, que consiguen ver en este paisaje misterios muy profundos que los demás no ven. Hace algunos años, un joven se suicidó en lo alto de la torre contemplando las estrellas. Pero a la inmensa mayoría de los visitantes –incluso de los visitantes esotéricos– les gusta seguir con vida y continuar la excursión con el coche hasta Cala d'Hort para darse un baño y tomarse una cerveza bien fría.

En teoría, no está permitida la entrada a la torre, pero la cancela está arrancada desde hace algún tiempo –ningún extraterrestre ha pasado a recogerla todavía– y por tanto los visitantes disfrutan de la mejor vista posible desde lo más alto, un privilegio furtivo de primer orden, maravilloso.

Es fácil que, en este mirador altivo y circular, cuando coinciden varios visitantes a la vez, se entablen en distintos idiomas animadas conversaciones y se pidan los unos a los otros, amablemente, hacerse las inolvidables fotografías.

Algunos se aventuran también a contar la 'historia' de la torre a sus acompañantes, por supuesto de una manera muy imaginativa... Pero este es un lugar que, en cualquier época del año, predispone a la fábula y a la libre invención.

–«Aquí vivió un pirata en el siglo XV» – le dice un turista francés a su acompañante.

–«¿Cómo se llamaba?», quiere saber la joven.

–«Bueno, supongo que 'el pirata de la torre del pirata'...», responde.

–«No –interviene otro visitante, a quien nadie le ha preguntado nada, pero desea precisar–, se llamaba Blasco Ibáñez».

De acuerdo, no puede decirse que sea gran cosa, pero todo esto resulta inofensivo, y ya se sabe, por lo demás, que los turistas acostumbran a leer las guías siempre con urgencia y al revés (y eso en el caso de que las lean en su propio idioma).

A la gente le gusta subir a lo más alto siempre, aunque nunca se alcanza la altura majestuosa de es Vedrà, ese gigante dormido. Ni tampoco se alcanza la altura de las simpáticas golondrinas, revoloteando sobre las cabezas de los visitantes. Ni mucho menos la de los solemnes halcones, que planean serenamente, luminosos, como sesteando en el aire húmedo del atardecer insular.

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