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Plaza de Vila, una plaza llena de historias

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Ibiza - Illes Balears- Ibiza

La historia inunda la plaza de Vila, aunque su presente está determinado por la afluencia de turistas en verano

La historia inunda la plaza de Vila, aunque su presente está determinado por la afluencia de turistas en verano. El patio de Armas, la Escalera de piedra, el orejón del primitivo baluarte de Sant Joan, el Pilón: forman parte de la historia de Dalt Vila y continúan dando carácter y personalidad a esta plaza que ha vivido transformaciones profundas en su vida cotidiana, y que ahora duerme en invierno y ofrece en verano terrazas y comercios que viven su mejor momento por las noches, cuando pasear por las calles de la ciudad vieja se convierte en uno de los placeres más requeridos.


IBIZA | VICENTE VALERO Dependiente de la temporada turística, la plaza de Vila, una de las más pintorescas de la isla y con una larga historia, se ha convertido en una plaza para el verano, con comercios dedicados fundamentalmente a la gastronomía y a la ropa de inspiración adlib

Sobre la vieja y pintoresca plaza de Vila se ha escrito mucho y bien: es, sin duda, una de las plazas más representativas y bellas de la
Plaza de Vilaciudad de Eivissa, aunque seguramente también una de las menos frecuentadas por los propios ibicencos, que la han dejado un poco olvidada allá arriba, en Dalt Vila. Como consecuencia de este olvido –se diría que injustificado, ya que se encuentra a un tiro de piedra del centro urbano, sobre todo si se toma el acceso del baluarte de Sant Joan–, la plaza de Vila es hoy un lugar dependiente de la temporada turística. Y de qué modo, porque durante el invierno, la plaza duerme completamente, con todos sus comercios cerrados, se convierte en un espacio desangelado y frío.

    Hay que esperar, por tanto, a la llegada de mayo o junio para verla de nuevo florecer, como ocurre con los geranios que cuelgan de algunos de sus balcones. Entonces, con la luz, todo vuelve a su lugar, todo empieza de nuevo. Porque ésta es una plaza que, por sus características y por su historia, rápidamente recupera su ritmo y su alegría, su saber estar, aunque su vida cotidiana actual, que gira casi exclusivamente en torno al paso de los turistas, muy poco o nada tenga ya que ver con lo que fue, con aquello que le dio personalidad y carácter.

     Desde el paseo Vara de Rey o desde la plaza del Parque se llega caminando en menos de diez minutos por el acceso del baluarte de Sant Joan. Pero si no se tiene prisa, lo mejor es acceder por el Portal de ses Taules o bien por el Portal Nou. Ambos caminos permiten un feliz encuentro con la plaza. En el primer caso, entrando por el patio de Armas, tal como la dibujó el Archiduque Luis Salvador en el siglo XIX, la plaza se aparece al visitante como un espacio inesperado que da la impresión de ser incluso más grande de lo que es en realidad.
No menos interesante es llegar hasta ella por el Portal Nou. El trayecto es un poco más largo y laberíntico, a través de la plaza del Sol, primero, y de la calle de la Santa Cruz al final, que va a dar directamente a la plaza de Vila, en un recorrido predominantemente turístico también, sobre todo con boutiques a un lado y a otro, pero también con casas habitadas, de las que escapa el murmullo de algún televisor, y un viejo colmado con frutas y verduras a pie de calle que, si no estuviera allí, habría que inventarlo. En el lugar donde la calle de la Santa Cruz y la Plaza de Vila se unen, una placa reciente nos recuerda la casa donde vivió casi toda su vida la sindicalista ibicenca Margalida Roig Colomar, trabajadora de la fábrica Can Ventosa y fundadora de la Unió Obrera Femenina.

Plaza de Vila

    El encuentro con la historia, antigua y moderna, resulta inevitable en este lugar. Se trata de una vieja plaza que, para empezar, tuvo otros nombres a lo largo de su historia. Fue plaza de la Herrería o de las Herrerías –así la llama el Archiduque, por ejemplo, y así aparece en documentos del siglo XVI–, y también del Mercado y Principal. Y fue también, oficialmente, plaza de Luis Tur Palau, hasta 1981, año en que se cambió al nombre actual. Ahora bien, en el siglo XVIII ya aparece como plaza de Vila en algunos documentos y parece que éste ha sido, desde entonces, su nombre popular...

  Fragmentos de la historia aparecen aquí y allá en esta plaza: desde el conjunto armónico, tan representativo del Renacimiento, que forma el patio de Armas, considerado parte de la plaza misma, hasta el orejón del primitivo baluarte de Sant Joan, hoy adosado a viviendas, o la fachada y el interior del cuerpo de guardia de la Puerta del Mar del proyecto Calvi, después modificado por Fratín –hoy un estudio de arquitectura y hasta hace pocos años una galería de arte, la Van der Voort–. Fragmentos, por tanto, muy diversos, de proyectos acabados e inacabados, de trazados primitivos y sustituidos por otros: el conglomerado característico de Dalt Vila, cuya belleza proviene más a menudo del caos que del orden, de lo que oculta o semioculta que de lo que muestra claramente.

La plaza expectante

Plaza de Vila
Enrique Fajarnés Cardona la llamó 'la plaza expectante', porque en ella «se cruzan los que suben a la ciudad alta y los que bajan de ella», sobre todo a la altura del Pilón, una esfera de piedra en torno a la cual se detenían muchos vecinos y transeúntes para descansar y charlar unos minutos en el trayecto de subida o de bajada. (Hoy son los turistas fatigados los que encuentran asiento junto al Pilón).
«Allí se aprenden –decía Fajarnés Cardona, pero ya recordando viejos tiempos– viajes, noviazgos, dolencias, riñas, preñeces, chifladuras, ascensos, nacimientos, traslados, bodas, mudanzas, rumores... En la academia peripatética del Pilón muchos adquieren el conocimiento mundano que les basta.» 

Pero ¿quién podría hoy recordar algo de todo esto? De la plaza que fue solo queda su aspecto externo, con sus casas modestas y apiñadas, con sus balcones un poco descascarillados, en los que se acumulan plantas, ropa tendida y aparatos de aire acondicionado. Muchas de estas viviendas reciben inquilinos por estas fechas, en el inicio de la temporada: quedarán libres en octubre. Algunas pocas han sido ocupadas recientemente de manera estable, por «personas jóvenes sobre todo», como confirma un vecino más bien escéptico. Y otras permanecen vacías aún, cerradas a cal y canto.

La vida parece estar en otra parte, como puede decirse también, en general, de Dalt Vila, aunque el verano obre milagros. La plaza sigue siendo hoy una plaza 'expectante', de eso no hay duda, aunque la expectación tenga un carácter muy diferente: se suspira por la llegada del verano y del turista llamado 'de calidad': el que cena y hace sus compras como Dios manda. Del invierno ya no se espera nada: solo que pase lo más rápidamente posible.

En la plaza de Vila llegó a haber hasta tres hornos –can Planells, can Bernat y can Marrota–, una lechería, una mercería, tres tiendas de comestibles, una bodega y hasta una sastrería, pero pocos vecinos lo recuerdan. Entre los que todavía pueden enumerar viejos negocios desaparecidos se encuentra Antoni Riera, que permanece aquí aún, en el suyo, aunque notablemente transformado: lo que era el horno de Can Marrota hoy es un bar –Es Forn– y la panadería del mismo nombre una tienda de refrescos principalmente, con algunos comestibles. «Con los impuestos que pagamos –afirma Antoni Riera– y la poca gente que vive por aquí, es difícil que la plaza de Vila pueda ser algo diferente a lo que es ahora.» Y aún así hay, por supuesto, cosas que podrían mejorar: «la plaza está sucia –se queja Riera– y solo una hora para cargar y descargar provoca que se concentren en esa misma hora demasiados camiones y furgonetas.»

Plaza de Vila

La plaza se despierta tarde: efectivamente, con la llegada de camiones y furgonetas; también con el café que se toman despacio, en alguno de los tres bares, los que llegan hasta allí para trabajar. Sin ninguna prisa, se abren los comercios, boutiques de ropa 'adlib', de joyas, de bolsos de cuero. Hay hasta cuatro restaurantes, casi ausentes por la mañana, pero que, a lo largo del día, van preparándose, colocando las sillas y las mesas de la terraza.

Es lógico este despertar lento y tardío de la plaza, porque los comercios y los restaurantes viven su mejor momento con la llegada de la noche. Entonces la plaza de Vila llega a su máxima ebullición y se convierte en un lugar agradable y vistoso: un privilegiado enclave veraniego de la ciudad, con sus terrazas, de esos que las guías turísticas dicen, casi siempre con razón, que tienen «mucho encanto».


Esta es la nueva vida que le ha tocado vivir a esta vieja plaza. Casi nadie recuerda ya cómo fue su pasado, ni siquiera su pasado más reciente. Casi nadie se atreve a decir cómo será su futuro.  
     

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