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Un viejo bar en el pueblo de Sant Miquel

El estanco y bar Can Xicu, junto a la iglesia de Sant Miquel, conserva su aspecto antiguo en un ambiente tranquilo y familiar
10-08-2011 12:59
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Bar y estanco de Can Xicu, en Sant MIquel. J. A. RIERA

Bar y estanco de Can Xicu, en Sant MIquel. J. A. RIERA

Por increíble que pueda parecer ahora, junto a la iglesia de Sant Miquel –«asequible desde todos los vientos, desde todas las distancias», como escribió Marià Villangómez– hubo hasta cuatro pequeños bares. Ahora ya solo queda uno, Can Xicu, bar y estanco al mismo tiempo, solitario en la paz de esta cima privilegiada.

Un par de mesas fuera y otras tres dentro, con sus sillas, sobre el viejo y lustroso trespol que todavía soporta bien zapatos y botas de los visitantes. Un pequeño mostrador de madera. Algunos taburetes altos. Un gran ventilador en el techo que abarca más de lo que podría sospecharse. Algunos cuadros colgados de las paredes blancas.

En Can Xicu –o Can Xicu de sa Torre, para ser más precisos, aunque ya nadie hace uso de esta segunda parte del nombre– se respira tranquilidad a todas las horas del día, la misma que comparten los dos o tres comercios que vinieron a sustituir a aquellos viejos bares ya desaparecidos.

Esta plaza de la iglesia de Sant Miquel tal vez sea la plaza más tranquila y solitaria de la isla: se entiende así que el poeta Villangómez, en su estatua, bajo la sombra de unos plátanos, continúe también aquí leyendo interminablemente, para toda la eternidad. Desde el interior del bar, su sombra de bronce parece que, mientras pasa las páginas, vigila a quienes beben o vienen a comprar tabaco.

Cati Planells se ocupa de este establecimiento, del que resulta difícil determinar la fecha de su fundación. Fue un tío abuelo suyo, llamado Vicent Tur Juan, quien abrió sus puertas por primera vez. Entonces era solamente bar y, como los otros bares vecinos –Can Planells, Can Pep Partit y Can Josepet– se llenaba de hombres los domingos –las mujeres no entraban– para beber o jugar a las cartas. Ir a misa una vez a la semana significaba también esto.

El establecimiento fue heredado por su sobrino, Xicu, quien con su mujer, Maria, se ocupó durante décadas del mismo y lo convirtió también en estanco y en estafeta de correos. De este lugar salieron muchas cartas hacia América, hacia el corazón de los hijos emigrados. Muchas de ellas las escribía al dictado el propio Xicu, porque siempre había más cartas por escribir que personas que supieran hacerlo.

Gente variopinta
Cati Planells no oculta su satisfacción por haber decidido seguir con la tradición, heredada de sus abuelos. Pero no debe extrañar a nadie, pues pertenece a una familia que ama las tradiciones: su padre es Antoni Planells, Toni d'en Planes, uno de los sonadors más importantes que ha dado esta isla. En la trastienda del mismo bar puede visitarse un pequeño museo de antiguos instrumentos musicales pertenecientes a la familia. Bar, estanco, museo... En definitiva, un acogedor punto de reunión, sencillo como era todo cuando el mundo era sencillo y a nadie le gustaba complicarse la vida.

Hasta Can Xicu se acerca cada día la gente variopinta del pueblo: desde campesinos ya jubilados hasta extranjeros que ahora ocupan muchas de aquellas fincas a las que costaba tanto sacar algún provecho. Se bebe, se compra tabaco y se conversa sobre los problemas del pueblo. Además están los turistas que suben hasta aquí para visitar la iglesia, asoman la cabeza con sorpresa, entran o se van.

No faltan los artistas, que siempre buscan lugares diferentes: aquí tienen uno bien especial. (Tal vez el primer artista en llegar fue el pintor valenciano Amadeo Roca, que vivió en el piso de arriba durante un tiempo, en los años 30, de muy grato recuerdo para la familia, a la que continuó visitando años después). Y en los años 60 no faltaron tampoco los hippies, que venían también para pasar las horas y para buscar el dinero que, puntualmente, recibían de sus familias: «mi abuelo –dice Cati Planells– alucinaba, porque no había visto nunca tanto dinero como el que solían recibir los hippies.»

En aquellos tiempos, al bar se iba también, quienes lo necesitaban, para recoger la llave del cementerio. Y a la familia también le correspondía tocar la campana de la iglesia cuando había un muerto en el pueblo: la manera popular de avisar a los vecinos.

«El lugar gusta tanto a la gente que es un placer trabajar aquí», concluye Cati Planells, que ha sabido continuar, sí, con una tradición familiar de casi cien años, pero que, al mismo tiempo, ha sabido observar este establecimiento antiguo con los ojos admirados y agradecidos de quienes lo han visto y continúan viéndolo por primera vez.

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