Una grapadora como símbolo. De la creación. De la utopía. De una nueva manera de entender el diseño y de cómo este contamina y se contamina del arte y la arquitectura. De la participación. Decenas de personas grapando, descamisadas y felices, retales de pvc en el Port de Sant Miquel. «Se doblaba y se grapaba», explica Daniel Giralt, comisario de la exposición 'La utopia és possible', señalando el mural de fotos de la sala de armas del Museo de Arte Contemporáneo de Eivissa (MACE) destinado a la Ciudad Instantánea, la ciudad inflable. Esta es, sin duda, la actuación más recordada del VII Congreso del International Council of Societies of Industrial Design (Icsid) que se celebró en Ibiza en octubre de 1971 y que rememora la muestra, organizada por el Museu d'Art Contemporani de Barcelona (Macba), que se inaugura hoy a las ocho de la tarde.
«Aquella cosa rara que pasó en Sant Miquel», recordó la concejala de Cultura de Vila, Lina Sansano, que se referían al congreso muchos de los ibicencos de la época. Algunos de ellos, payesas con sus pañuelos en la cabeza y sus faldas por los pies, contemplan con curiosidad aquella ciudad de plástico y aire en algunas de las imágenes que pueblan las paredes de la sala. Esa imagen es una de las que más le gusta a Giralt, confiesa el comisario, que fue secretario del congreso. Encontrarle en alguna de las fotografías de hace 42 años es imposible. «No quería salir», comenta Teresa Grandas, también comisaria de la exposición, explicación que Giralt acoge con un asentimiento de cabeza antes de sentarse en uno de los coloridos pufs dispuestos en la sala para que los asistentes puedan ver los vídeos sobre el congreso: un NODO de la época, un programa emitido en TV3 en el 25 aniversario, una entrevista con el arquitecto José Miguel de Prada Poole... «Son cómodos», asegura el comisario, que escoge uno de los asientos naranjas.
Grandas explica que el título de la exposición „'La utopia és possible'„ es exactamente la respuesta que De Prada Poole dio a los estudiantes de arquitectura (Carlos Ferrater y Fernando Bendito) que acudieron a pedirle que diseñara la ciudad inflable, que no llegó a tener las dimensiones que se habían previsto, como se puede ver en el colorido plano que preside otro de los murales. «Estaba pensada para que pudiera crecer si llegaba más gente, había que dejar siempre un retal de plástico colgando para que el siguiente pudiera seguir», explica Grandas mientras Giralt aguarda el momento de uno de los vídeos en los que se ve el ventilador „«nos lo cedió la empresa Soler Palau, estaba anclado al suelo»„ que insufló vida al campamento de pvc.
Aunque esta actuación protagoniza buena parte de la muestra, en ella hay espacio también para la estructura de globos de Josep Ponsatí y el Vacuflex-3 de Antoni Muntadas y Gonzalo Mezza.
«Que se levantara fue difícil», recuerda Giralt sobre el inflable blanco de Ponsatí, que se ve levantándose sobre las aguas del Port de Sant Miquel en las fotos. En una de ellas a lo lejos mientras en primer plano el cantante Pau Riba juega con su hijo en la orilla de la playa. Las dificultades no sólo fueron físicas, también burocráticas: la estructura sobrevolaba el espacio aéreo y hubo que solicitar muchos permisos además de cambiar el oxígeno con el que iban a inflarse por helio. En los vídeos y fotos puede apreciarse lo que dio de sí el Vacuflex o, lo que es lo mismo, un tubo de plástico verde de uso industrial de 150 metros de largo. Los asistentes lo pasearon por la cala, formaron palabras con él sobre la arena y lo convirtieron en una especie de parque acuático que granjeó caídas y risas.
Paraíso con guardias «herbívoros»
Giralt confiesa que aquel 1971 era «un joven barbudo que soñaba con ser hippy», sueño en el que se interpuso su condición de «pequeño burgués». El comisario destaca todo el trabajo que hubo que afrontar antes de que Sant Miquel se convirtiera durante tres días en un laboratorio de arte, arquitectura y diseño. Los cientos de papeles y documentos que llenan las vitrinas de la sala „«sin Denis Iriarte, que los tenía controlados, esto no hubiera sido posible», apunta Ruiz Sastre„ lo atestiguan. De hecho, el recorrido por la muestra comienza con las fotos de las reuniones de Londres y Barcelona en las que el Icsid, a pesar de que la dictadura de Franco no hacía de España un buen lugar para el congreso, aceptó «el paraíso libre» de Ibiza, un lugar con «códigos más laxos» y en los que los guardias civiles „«herbívoros», bromeó el comisario„ estaban en contacto con los artistas. «Muchos países que no tenían en aquel momento relaciones diplomáticas con España aceptaron porque era en Ibiza», insiste la comisaria que destaca «el brutal trabajo» que supuso organizar el congreso.
La exposición explica cómo los arquitectos Josep Lluís Sert y el recientemente fallecido Raimon Torres (a quien recordará un texto en la entrada a la sala) recorrieron la isla con Giralt para escoger el lugar más adecuado para el congreso. Les gustó Sant Miquel donde, además, estaban por estrenar dos hoteles en los que se alojaron los congresistas y cuyas habitaciones se convirtieron en salas abiertas de debate.
A sus pies, el campamento para los jóvenes, para los que no podían pagarse la estancia. «Los de abajo ganaron a los de arriba», apunta el comisario con una sonrisa. Algunos «de los de arriba», de hecho, acabaron colaborando como uno más «de los de abajo» en la construcción de la ciudad instantánea, destaca Grandas señalando con el dedo una fotografía en blanco y negro en la que se ve a un barbudo Fernando Amat, director de la empresa de diseño Vinçon, grapando pedazos de pvc. Para Giralt, las cintas de súper8 que grabaron los estudiantes aquellos días demuestran que eran «conscientes del acontecimiento que vivían».
Entre los documentos de las primeras vitrinas pueden verse manuscritos con toda la información sobre el evento, incluso las notas sobre, por ejemplo, las tiendas de artesanía y diseño de la isla que se montaron en la entrada del hotel Galeón. También piezas curiosas, como las identificaciones que llevaban los congresistas. Cuadrados de metacrilato que llevaban colgados del cuello y en la que unos simples gomets de colores indicaban los idiomas que hablaban: azul-inglés, francés-rojo, alemán-verde, español-amarillo e italiano-negro.
«Los colores eran muy importantes», apunta la directora del MACE. «En el ceremonial con el que se inauguró el congreso se tiñó el vino y las paellas de colores», añade buscando las imágenes en las que se ve a los asistentes vestidos con capas de plástico amarillas, azules, naranjas, moradas... «Inventamos lo de la comida del color antes de que lo hiciera Ferran Adrià», bromea el comisario. Esa noche, sin embargo, un apagón impidió que los colores se vieran durante un rato.
«Fue un acontecimiento que tuvo muchas consecuencias, no todas conocidas aún», apunta el director del Macba, el ibicenco Bartomeu Marí Ribas. «Es obligado mirar al ayer», apunta la directora del MACE minutos antes de que Daniel Giralt, en un ataque de sinceridad confiese: «La gente se lo pasó pipa».